ODA A LA VIRGEN DE LA TIRANA
Lanza un rayo de tu fúlgida corona
sobre mi alma peregrina, madre amada:
sólo así podré alabarte con el canto de las aves,
con las ráfagas potentes
de los recios huracanes de la pampa,
con las flores del aromo del desierto,
y la espina lancinante del hirsuto tamarugo,
y el arrullo de la brisa de Matilla y de la Huayca.
Ilumina con tus ojos de lucero de la Aurora
este fuego que me abrasa,
y así yo –pobre devoto- que te invoca y te venera,
cantaré tus perfecciones inefables
y en el nombre de tu pueblo numeroso,
todo el orbe llenarán tus alabanzas.
¡Bienvenidos, compatriotas! Nuestro Norte
os presenta ante la reina de la Pampa,
la querida y bondadosa,
la divina protectora de la Patria!
Que la notas surjan tiernas, y sinceras y vibrantes
desde el fondo de las almas,
en un himno al que hagan eco vuestros hijos,
vuestros padres, vuestros nietos,
en la dicha de sus campos y en la calma de sus casas.
Sea el canto de alegría y de ternura
y pletórico de amor y de esperanza,
el que se alce majestuoso y resonante,
agitando hasta las nubes
con las notas de timbales,
con acordes de guitarras,
con tambores y clarines y con dulces ocarinas,
y oraciones, bailes, danzas,
que saturen de los valles las feraces verdinegras arboledas,
y que lleven vida y la luz hasta los últimos confines
en la atmósfera de nácar, oro y plata.
Como brota de un oasis en la hermosa Primavera
el perfume de las flores en que liban las abejas
sobre el verde susurrante del follaje de esmeralda,
así lleven los solícitos querubes
hasta Dios nuestras plegarias...
Y Tú, Madre de bondad y de dulzura,
desde el solio de tu trono
alzarás tus manos blancas,
bendiciendo a nuestro Chile
desde el árido desierto hasta la Antártida.
Y vosotros, peregrinos de naciones extranjeras,
de la América cristiana,
cobijad vuestras banderas
junto al mástil de la nuestra
bajo el manto del Carmelo y la Tirana.
Dos mil años de tragedias y dolores,
cruentas guerras, terremotos
han dejado huella amarga,
tras el paso de tiranos y traidores,
tras las huellas de los padres de la Patria.
Y nosotros, hoy contritos, bajo el peso de la culpa deicida,
nos postramos a tus plantas,
implorando la salud de los enfermos
y la paz para sus almas...
¡Da la paz a las familias que te invocan,
lleva a tu Hijo las plegarias
del dolor esperanzado de los pobres pecadores
que a Tí claman!
Llueva paz de las alturas de los cielos
sobre el campo y las ciudades
de la América y el mundo...
desde el templo hasta el palacio y la cabaña!
Llene el salmo de la espiga
los inmensos horizontes de la Patria:
da la ruta a nuestras naves,
que sorteen y que amainen las borrascas;
y desgarra el denso velo de las nubes,
que las alas
del avión que cruza libre los espacios
salvo arribe y silencioso hasta la Patria.
Que flameen en los aires las banderas victoriosas
de libérrimas naciones...
¡Sea blanca y sea humilde,
como es blanca y es humilde la plumilla de la nieve,
nuestra tímida plegaria!
Da la luz y da la Fe a nuestros hermanos,
da el amor a nuestros padres, da ternura
a los hijos y a las hijas de la Patria.
Da la calma a nuestros mares,
apacigua los volcanes de Los Andes,
y a los ríos torna suave la corriente...
¡Aquí están nuestras diademas: el cansancio,
y los callos son las joyas de las manos de tus hijos...
Mas vinimos a través de las distancias
a decirte que aquí estamos –lacerados peregrinos-
implorando la piedad de tu ternura:
¡Salva a Chile!,
¡¡Salva a Chile!!,
¡¡¡Salva a Chile, Madre Santa!!!
Abraham Seguel Obreque ®
Abraham Seguel Obreque
Iquique Chile, Junio 2000

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